Nadie vive al final del mundo

 María, acércate a la fogata. Nunca soportaste bien el frío, siempre te gustó dormir apegada a mí.  Eres terca, ni hablarme quieres. Mira el Mapocho que susurra pausado entre las piedras mientras avienta a la orilla lo que sobra.  Contéstame por favor, ya sé que estás enojada.

¿Recuerdas la noche anterior a nuestra partida? Los dos sentados alrededor de la mesa y nuestras sombras danzando en la pared. Jugabas con tu dedo en la llama de la vela, que parecía esquivarte. Podías estar horas en eso.  Tricé el silencio. “Nos vamos. El compadre me consiguió un trabajo en una escuela de Santiago”. No levantaste la cara, no me miraste, no dijiste nada, sólo sacudiste la esperma de tu mano que se derramó al caer la vela.  Sostuve firme las palabras en mi boca, luego las lancé. “Nos vamos a la capital. Partimos mañana”.

Lo sé… lo sé, no pregunté nada, me dejé llevar.  Aunque no lo creas, mi cuerpo se hizo pequeño para albergar la felicidad de esa noche. No querías irte, pero lo veías venir.  Debíamos surgir, nadie vive al final del mundo y en cualquier parte fuera de Cunco estaríamos mejor.  Por eso pensaste que no valía la pena mostrarme tu descontento.  Te llevaría de todas maneras. Tenías razón, ni las palabras, ni las caricias, ni el llanto hubieran tocado mi alma.

Acércate a la fogata.  No seas orgullosa y perdóname.  Ya sé que estaba fuera de tu alcance rebelarte, siempre dices que me salgo  con la mía.

Al frente, en la Vega, escarbé en la basura. Encontré piñones y castañas.  No son como los que recogías en Cunco, pero pensé que te gustarían.  Pásame el tarro para dorarlos.  Cuando sientas el olor sé que te levantarás.

No olvido tus piernas colgando en la escalera a la entrada de la casa, esa mañana, igual que cuando esperabas a que llegara de la escuela.  Yo sentía de lejos el aroma de la cazuela, del pan amasado, mi boca se llenaba de saliva al pensar en el pebre.  Ahora esperabas porque nos íbamos.

Los del otro lado del río, los del pueblo, fueron a despedirse.  La machi apretó con fuerza nuestras manos.

El tiempo apura, la capital apura.

Siempre me causó gracia como temblaba tu labio inferior cuando te enfurecías. Tu boca ya no tiembla.  

Ya no tengo hambre y parece que tú tampoco.  No hablas de los puyes que sacabas del Colico. ¿Te acuerdas? Los veíamos saltar sobre el agua, apostabas que podías pescarlos con un colador y lo hacías.

Me duele el estómago, el ombligo se me pega a la espalda.

En Cunco los días eran cortos, aquí son largos y menos borrosos los recuerdos, historias que no quiero revivir. Antes era Juan Painemán, el maestro, ahora soy un huinca más en este río raquítico.

Me equivoqué cuando creí que la alegría que sentí la noche antes de partir nos acompañaría por toda la vida. No cumplieron. Durante meses busqué trabajo, en lo que fuera. Terminé recolectando cartones.  Me cuesta más acostumbrarme a tu silencio que a hurgar entre la basura.  Desde que dejaste de hablarme, no me interesa venderlos, están ahí.  Por lo menos cúbrete con ellos.

Grítame, pégame, pero haz algo, ya no puedo con mis pensamientos.  Cómo me gustaría dejarlos correr por este río.  Necesito las aguas cristalinas, los peces, no por el hambre sino por ti.  Sé que así te levantarás.

Está oscuro y escucho pasos.  No veo bien.  Tal vez regresaron los hombres de las cortaplumas.  Vienen por ti, los vi como te miraban la otra noche.  Quiero abofetearlos, lanzarlos lejos a golpes.  Veo dos sombras que se acercan.  La luz de la fogata los alumbra.  Son carabineros.  Nos observan.  Sin preguntar toman tu pulso y te ponen adentro de una caja. “¿Por qué se la llevan? ¡Volveremos al pueblo!”, les grito.  Uno de ellos se acerca.

Corro, corro y me detengo en medio del terminal de buses. 

Nadie me escucha, mientras suplico por dos boletos de regreso al otro lado del río.

 

Antalogado en: "A vuelta de página"

 

 

 

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