Hoy, tomate

Las cosas no cambian; la silla, la puerta, el cenicero, la radio a pilas, y sobre todo, la única ampolleta que cuelga del techo, tan amarilla. Y sin embargo, una estúpida esperanza me hace pensar que las cosas van a cambiar. 
 

Casi no recuerdo cuando comenzó esto. Vendo boletos para la función de las cuatro, ocho y diez. Desde hace doce años ocupo la misma silla, con mis hemorroides, poniendo y sacando papelitos rosados de los orificios del panel y sugiriendo a las parejas cuál es la mejor ubicación. Ellos jamás levantan el rostro. Reciben su cambio y abrazados se alejan 

Hoy, a la hora del almuerzo, cuando camino con lentitud y doy descanso a mis pies, en la calle Ahumada, un vendedor grita: – ¡Tengo los ricos tomates, hay uno especial para usted! Su voz se pierde entre el ruido de las micros, gritos, dólares, dólares, conversaciones, olores… café. 

En este instante, no puedo renunciar a mi impulso y volteo. Lo veo. Aparece y desaparece cada vez que la sombra voluminosa del vendedor se inclina sobre él. Creo que solo yo puedo verlo, grande, voluptuoso, rojo. Me imagino, saboreándolo y oliéndolo a la vez. Sonrío ante la absurda situación. Robo el tomate. 

A ratos me arrepiento de haberlo traído a la boletería. ¿Qué hago yo con un tomate? Lo tengo frente a mí como si tuviera vida, y la gente lo ignora. 

Cuando el patrón llega, le muestro el tomate, me mira con extrañeza. 

– ¿Hace cuánto que no tomas vacaciones? Las necesitas, pero definitivas. – amenaza 

La verdad, ya no sé que hacer con el tomate. El tomate comienza a pudrirse, su piel tersa se marchita, tiene un olor pestilente, bota un jugo ácido. Le pido consejos al patrón. 

– ¡Fuera, no molestes con el asunto del tomate!-me grita 

Es el calor, sólo el calor el culpable. Las moscas rondan. No sé por qué no me lo comí. Será porque él me eligió. Esta ahí y no debería conservarlo. Pero los clientes no han reclamado. Las moscas devoran su pulpa, beben su jugo agrio. 

Entra el patrón y dice: 

– La función terminó. ¿Todavía estás aquí? 

Le pregunto: 

– ¿Qué hago con el tomate? 

– ¡Cómetelo o bótalo!, ¡lo mejor es acabar con esta estupidez!- mira a su alrededor- ¿Qué tomate, hombre? Aquí no hay nada. 

No siento las piernas. Sudo. Inquieto, lo busco. El tomate ha desaparecido. 

Aún gritan en la calle los ricos tomates. Esta vez no seré engañado por ninguno de ellos. Me llevo una manzana. Las manzanas duran más.

 

Antalogado en: "A vuelta de página"

 

 

 

og