Deir Yassin

Los nueve de abril, Abu Omar no iba a trabajar. Se levantaba al amanecer y emprendía el camino desde el campamento Aida hacia Deir Yassin. Abandonaba la carretera y se introducía por entre las colinas esquivando piedras y matorrales. No podía aproximarse a la aldea. Los caminos permanecían vigilados. Los soldados incursionaban constantemente en el lugar y él no estaba de humor para que lo hostigasen. Prefería pasar algún tiempo oculto en las cuevas de los cerros, hasta ver la senda despejada y entonces reanudaba el viaje. Después de varias horas de andar por entre los montes, sentía cómo los rayos del sol golpeaban con fuerza su cabeza. A cada paso, el calor y el cansancio se apoderaban de sus pies y lo agobiaba pensar en emprender el viaje de regreso.

Año tras año, en la entrada de la aldea, a la misma hora, lo esperaban dos hombres, que al igual que él, habían sobrevivido al exterminio. Intentaban ver su hogar otra vez. Ahora, en el lugar jugaban y reían otros niños y alrededor de las mismas mesas en las que ellos comieron, se reunían colonos israelíes, que los encañonaban obligándolos a retirarse. Entonces se les hacía más difícil el retorno a la vida que les habían impuesto. 

Un nueve de abril hacía veintiséis años, en el hogar de Abu Omar, la tetera hervía y las camas estaban sin hacer. Su mujer esperaba un nuevo hijo y el otro tenía dos años. Sobre la mesa había; aceitunas, queso de oveja, aceite de oliva, zahtar, una paila de carne con tomates y cebolla y el pan árabe recién horneado sobre la panera. Después de desayunar, Abu Omar besó al hijo que dormía y se dispuso a ir a su oficina de contabilidad. Él había estudiado en Beirut, para encargarse de la empresa familiar cuando eran los tiempos de bonanza. Ya habían transcurrido algunos años desde que se comercializara el salitre proveniente de Chile para los campos de naranjales de exportación de la zona de Gaza y Yafa. 

En ese minuto, la banda Irgun irrumpió en su casa. Eran fuerzas uniformadas, adolescentes armados con pistolas, ametralladoras, bombas y cuchillos. Dos hombres inmovilizaron a Abu Omar que intentó soltarse. Gritó, pidió ayuda, mientras lo acallaban a culatazos y a puntapiés. Registraron la casa, voltearon los muebles y bajo una cama encontraron al hijo de Abu Omar, temblando y mojado en su propia orina. Lo arrastraron del pelo y tiraron el mantel de la mesa. Los trastos y la comida cayeron al suelo. Después pusieron al niño sobre el mueble y una muchacha de ojos enrojecidos, lo degolló de un solo tajo. La madre gritaba desesperada. Invocaba a Dios mientras afirmaba su vientre y miraba aterrada a su esposo. Abu Omar logró soltarse y abrazó el cuerpo de su hijo, mientras veía la sangre caer al suelo. Los soldados lo golpearon hasta aturdirlo y afirmándolo de los brazos, fue obligado a ver cómo un uniformado vació el arma en la cabeza de Um Omar y luego le abrió el vientre sacándole el bebé que aún se movía. El soldado les mostró a los demás su arma que escurría sangre. 

Desnudaron a Abu Omar, lo subieron a un camión junto a dos hombres para ser exhibidos en los poblados próximos. A su paso vio muchos cuerpos tirados, mujeres, niños, hombres, ancianos; los estaban degollando. Una delegación de de la Cruz Roja internacional encabezada por Jack Rinier representante de la organización en Jerusalén intentaba entrar a la aldea. A pesar que él ubicaba a Jack, no advirtió su presencia, sólo tenía en la cabeza las imágenes de los asesinos de su familia. Y en ese minuto dejó de ser creyente. 

El camión avanzó hacia los poblados de los alrededores. La noticia de lo ocurrido en Deir Yassin se había esparcido. Por megáfono, los soldados ordenaron a la gente abandonar el lugar, amenazando con iniciar la operación limpieza. La personas huyeron despavoridas. Algunos cargaron almohadas que confundieron con los bebés. Llevaban las llaves de sus casas colgando al cuello, para regresar cuando todo se calmase. 

Cientos de miles de familias se encaminaron hacia los países fronterizos.

Ya había anochecido. Abu Omar regresó al campamento Aida. Se disponía a dormir cuando los vecinos tocaron la puerta en forma insistente. Que cubriera los vidrios con diarios, que apagara las luces. “Los helicópteros se acercan, se escucha el ruido de los motores” gritaban. Abu Omar no sabía cuánto iba a durar esta vez la incursión del ejército israelí por Beit Jala. Fue a buscar el pan que guardaba tostado para estas ocasiones y algunas latas de conservas. Cerró la puerta de un golpe y pensó “el ser humano se acostumbra a todo… a todo; eso es lo que ellos creen”.

Antalogado en: "Tenemos pantalones"
 
 

 

 

 

 

 

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