Dadolí

Cerró la puerta, asegurándola con dos vueltas de llave y así se quedó. Intentó olvidar a la criatura. Ésta permaneció dentro sin menguar el llanto. Llanto que ella debió reconocer, dicen las vecinas, “toda madre intuye: apetito, dolor o sed”. Con el tiempo confirmé, ella siempre supo a qué obedeció el sollozo. Dadolí germinó bajo un estigma. La mujer era culpable o así se sintió.

Dadolí el de la boca grande. Algunos dudaron si en su cara había otros rasgos. Nadie lo miró en forma detenida como para asegurarlo, le temían. Comentaron que nació con esa anormalidad, yo no lo creí, muchos justificaron este fenómeno. El cura dijo “que su deformidad era castigo divino, por engendrar un hijo fuera del sagrado vínculo del matrimonio”. Las vecinas no pararon de repetir, “tal vez su padre era igual, porque los hijos se parecen a ellos”. La abuela atacó diciendo, “le echaron una maldición”. Otros opinaban en voz baja, sin comprometerse con los demás, “es la cadena que se hereda”. Presionaron a su madre por una respuesta, ella con las dos manos secó sus lágrimas. Desafiándolos, los miró a los ojos y dijo, “¿qué saben ustedes? Eran tiempos difíciles y él entró a mi casa”. Se fue sin esperar respuesta, irrumpió en la pieza de Dadolí y lo amamantó. Él succionó con avidez y la boca creció. La madre vislumbró que eso pasaría, pero debía acudir, era su hijo. 

Nadie lo quiere suelto por las calles y los bosques. La criatura toma y come todo lo que encuentra.

Ahora ella teme ingresar al cuarto donde está encerrado Dadolí. Al abrir la puerta de la habitación, se asoma una enorme boca de la que penden dos dientes. Asustada se desabrocha los botones de la blusa. Él gime. La mujer le ofrece el pecho. Dadolí sonríe. Ella lo mira. Crece. Y de súbito entierra sus dientes en el pezón, succiona leche, sangre. Le gusta, ríe, exige más. Ella tiembla, huye. Dadolí, grita, llora. Sin acercarse, la madre empuja con un palo la bandeja de alimentos. Las paredes se fisuran, la puerta se resquebraja. La criatura crece, gime. No hay más comida. Cansado, calla, duerme. Aunque no se escucha nada, él está ahí. La alcoba donde habita, es boca.

La madre abre despacio la puerta, no quiere despertarlo, lo observa. Piensa, es igual al padre, hijo del Hambre. Desea acariciarlo, avanza aterrada, no olvida su mama sangrante. Sabe que no es lo mismo el apetito que el hambre. Extiende la mano. La boca bosteza, deja ver su lengua ondulando.

Mientras la madre lo acaricia, es arrastrada. Lo perdona. Tranquila, cede… Ya no tiene miedo. Dadolí la palpa, sus labios la rozan. Con avidez, incrusta los dientes en el pecho de ella, desprendiéndole trozos de carne que paladea en su interior.

Ella cierra los ojos y permanece inmóvil.

 

Antalogado en: "A vuelta de página"

 

 

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