Control de rutina

Carmen entró en la casa con la polera rota y los pechos al aire. Daniel la miró, sin decir nada. En ese instante ella supo que él la aborrecía. Como a las otras.  Como a los que le fallaban.
 
En un punto de entrega, después de tres horas, los compradores aún no habían llegado.  Envuelta en el olor asfixiante del vertedero buscó sombra bajo un árbol, comprobó que la mercancía estuviera bien puesta en su sostén y durmió hasta el anochecer. No había nadie en el lugar.  "Hay que esperar todo lo que sea necesario", ordenó Daniel.  Estaba decidida a obedecerle, sólo por ver la cara de gusto de él cuando pusiera los billetes uno sobre el otro en la mesa. La besaría entre piteada y piteada, diciéndole que era la mejor de todas y en ese instante ella sería feliz.
 
Carmen despertó con el ruido de un vehículo.  No eran los compradores.  Miró a su alrededor.  Los perros que hurgueteaban la basura habían huido.  Ahogada por el calor, sintió el cuerpo empapado. Trató de huir, pero los uniformados le cerraron el paso.  La empujaron dentro del furgón.  Un fuerte olor a orina y vómito emanaba del interior.  Sólo uno de ellos la siguió.  Dos manos la tomaron por los hombros y una voz, a pocos centímetros del rostro, gritó aquello, esas tres palabras. Tres palabras que la hicieron recordar cómo había defendido a golpes a su madre, quedando con los ojos morados y los labios sangrantes.  Ella le había curado las heridas mientras explicaba; "Hay que parar la olla".  Los hombres entraban y salían de la cama de la madre.  Cuando se iban, le acariciaban el pelo, deslizaban las manos callosas hasta su trasero y después le tiraban algunas monedas. Su madre fingía no ver.  Se cubría los senos con el camisón y contaba el dinero, porque no faltaba el que quisiera engañarla. Carmen rogaba que las vecinas que estaban en la esquina o se asomaban a las ventanas no los hubieran visto. Apoyada en el canto de la puerta, observaba el camino de tierra y de barro, las artesas con pañales en remojo, sentía el viento que se colaba por entre los tablones de la mediagua.
 
 
Algunos niños descalzos, con los mocos colgando, jugaban a la pelota. Después que los hombres se iban, su madre salía a comprar.  Los días parecían más lindos cuando el dinero alcanzaba para comer pescado frito.
 
El uniformado la tiró al piso y ella percibió el frío del metal en la espalda y el dolor de los golpes en la cabeza.  El trató de besarla.  Ella cerró los ojos y apretó los dientes.  Sabía, por sus compañeras, lo que era un control de rutina.  Había llegado su turno.  Soportó, no quería que vinieran todos ellos. Como les había sucedido a las otras mujeres.  A las otras niñas.  Siguió oyendo aquellas tres palabras, repetidas con voz ronca, entrecortadas por el jadeo, mientras él la sometía.  
 
Se llevaron la mercancía. Sus carcajadas y aquellas tres palabras le retumbaron en la cabeza.  Corrió entre las piedras y la basura.  Ella no era como su madre. Era la mujer de Daniel, la favorita, la que amaba.  El borraría con su boca lo que le habían hecho.  La perdonaría.  
 
De pie frente a la puerta se restregó los labios con la mano. Entró en la casa con la polera rota y los pechos al aire. Daniel la miró, sin decir nada.  En ese instante ella supo que él la aborrecía.  Como a las otras. 
 
Él también sabía lo que era un control de rutina.      
 
Antalogado en: "Ni una más" 
 
         
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